viernes, 11 de noviembre de 2011

HABILIDAD DEL HABLA

HABILIDADES PARA LA COMUNICACIÓN

EL HABLA.


Aprender a hablar es un proceso que se inicia en la infancia y a través del cual, además de conocer el uso adecuado de muchas palabras, también nos rodeamos de una serie de conceptos erróneos, malas prácticas y vicios del habla.

No es cuestión de utilizar las palabras correctas con la estructura adecuada, sino de aprender a emplear correctamente —y en el más amplio sentido— la maravillosa herramienta que representa el lenguaje en su forma oral.

Como en el caso de aprender a escucha, aprender a hablar correctamente representa une habilidad necesaria en el ejercicio de las funciones de mando y, por supuesto, en la práctica de la comunicación. Hablar mejor nos permitiré desempeñarnos con más éxito en el ámbito de las organización, ejercer con mayor acierto la función de mando, hacer más efectiva la comunicación y adicionalmente, hacer más satisfactorias y productivas nuestras interacciones.

Cuánto hablamos y para qué. Se ha dicho que la vida del ejecutivo moderno pende de un hilo: el telefónico. Este es sólo un indicador de lo mucho que la palabra hablada se emplea más especialmente; en el desempeño de nuestras labores de mando. Si se desea comprobarlo, basta con llevar —durante un par de dias el registro de los minutos diarios que cualquier mando intermedio dedica, durante sus labores, a dirigirse verbalmente a diversos individuos o grupos.

Un registro similar puede llevarse para la observación de los propósitos manifiestos que dicha persona persigue al hablar; se vean entonces que —en la organización— hablamos para trasmitir órdenes, instrucciones, datos de todo tipo, opiniones, decisiones y demás, así como para recabar información de todo tipo.

Hablamos también para evaluar, planear, programar, solicitar, felicitar o reconvenir; establecer normas y procedimientos, realizar correcciones, coordinar actividades, etc. En general, hablamos para emitir o solicitar información de algún tipo, con un número amplio y variado de propósitos. Aunque dedicamos más tiempo a escuchar, el hablar tiene su propia importancia.

Cómo hablar. Hay ciertas consideraciones de tipo general que resulta útil tener presentes para hablar mejor, por lo cual es conveniente tratarlas antes de revisar algunos consejos específicos dirigidos al mismo propósito- algunas se refieren a las características del lenguaje, y otras a características individuales de quien habla, que pueden obstaculizar las comunicación oral.

Asintonía del lenguaje. Es la incapacidad o la dificultad para "sintonizarnos" en un mismo lenguaje con nuestros oyentes. Con frecuencia, las labores nos obligan a hablar con un obrero o campesino, por ejemplo, después de haber terminado una conversación con un grupo de directivos, esto nos obliga a emplear con él, el mismo lenguaje que antes utilizamos para dirigirnos a personas diferentes, con características educativas y culturales distintas. Si no cambiemos el estilo de lenguaje, el vocabulario empleado y su estructura al dirigirnos a públicos o personas distintas, es decir, si no sintonizamos apropiadamente nuestro lenguaje, se reduce el efecto de nuestras palabras, y
Corremos el riesgo de parecer demasiado simple o muy complicado. Debemos conocer los tipos de lenguajes que emplean distintas personas, en les audiencias ante quienes debemos hablar o en ocasiones casuales, y adaptarnos al mismo en lo posible.

Subjetividad. Cuando hablamos, conviene tener en cuenta que no poseemos —aunque así lo creamos— verdades absolutas. Si olvidamos lo anterior, nuestra propia visión del mundo puede reflejarse excesivamente en nuestras palabras, lo cual nos aparta del nivel mínimo de objetividad que los demás esperan encontrar en lo que decimos.
Apegarse a los hechos, expresar con palabras —y acciones— que estamos abiertos a otras opiniones y deseamos revisar cualquier asunto con la mayor objetividad posible; todo ello es indispensable para hablar mejor, pues nuestros objetivos se reducen —en ese sentido— al de ser escuchados, y esto es algo que podremos lograr con más facilidad si se nos considera como personas objetivas.

Verborrea. Hablar incesantemente o cuando no es oportuno, es tan nocivo como no hablar lo suficiente. Pecar de exceso es —en este caso— una cuestión cuantitativa y cualitativa; hablar demasiado tiempo o en muchas ocasiones; hacer comentarios espontáneos cuando lo más sabio hubiese sido mantener la boca cerrada. Ambas situaciones son indicadores de que no se emplea adecuadamente la habilidad de la comunicación oral. Esta tendencia hacia la impulsividad o el abuso en el hablar, constituye para ciertas personas un importante obstáculo
por superar; una actitud de auto monitoreo constante resultaré útil
para salvar esta barrera.

Dispersión. Es la tendencia a hablar de cuestiones o asuntos no relacionados con el lema central del discurso. En algunos casos, se agudiza hasta el grado de que quien habla pierde el hilo de su propio discurso. Esta tendencia, la dificultad para exponer verbalmente y en forma estructurada ideas, hechos o información en general, mina considerablemente la capacidad para la comunicación. Controlarla y minimizarla representa un paso importante en el desarrollo de un habla mejor.

Estas barreras o tendencias negativas deben considerarse como parte importante del enemigo s vencer. Algunos de los consejos que a continuación se presentan, resultarán útiles, sin duda alguna, en este sentido:

Correcto

1. Preparar el discurso siempre que sea posible. Aunque con frecuencia nos vemos obligados a hablar cuando menos lo esperamos o en circunstancias que hacen difícil la preparación previa de un discurso, también es cierto que muchas de esas circunstancias—que forman parte de la comunicación administrativa en que participamos— se pueden prever con un mínimo de anticipación. Esto nos permitirá, en ocasiones, escribir; y estudiar a fondo nuestro discurso; en otras, por lo menos nos permitirá anotar las ideas centrales del mismo, a manera de estructura general. Hacer este esfuerzo y tratar de conocer a fondo el tema del que hablaremos, nos ayudará a vencer e! temor que a menudo se siente al hablar en público, y contribuirá a que nuestras palabras y las ideas que éstas expresan, tengan una estructura y una coherencia.

2. Tener en cuenta las características de la(s) persona(s) a quien(es)
nos dirigiremos. En la preparación del discurso y mientras hablamos, se debe tener en mente a la persona o al público que nos dirigimos, cuál es su lenguaje promedio, cómo son, qué edad, preparación, actividades, jerarquía e intereses tienen, etc. Ello nos ayudará a construir un mensaje idóneo y a trasmitirlo en forma adecuada.

3- Buscar un objetivo claro al hablar. Aunque podemos o no explicitar nuestro propósito dentro del discurso, es indispensable tenerlo presente al expresarnos- Saber qué es lo que pretendemos nos será útil, tanto en la construcción del discurso como en su presentación.

4. Utilizar un lenguaje accesible y atractivo para nuestra audiencia, claro y preciso a la vez. Debemos —al hablar— hacernos comprender, ser amenos, directos y concretos. Elegir palabras sobre la marcha es una habilidad que, lo mismo que la redacción de un discurso, se puede desarrollar si nos sentimos motivados a hacerlo.

5. Vocalizar correctamente. Hablar demasiado lento o rápido, atropelladamente, pronunciar mal las palabras o en forma ininteligible, impide, o por lo menos dificulta, que se nos entienda.

6. Usar cualquier apoyo posible. Desde luego, al hablar nos apoyamos con mayor o menor acierto en el lenguaje no verbal. Sin embargo, también podemos apoyarnos en medios visuales y audiovisuales, los cuales, que empleados adecuadamente, resultan de enorme utilidad.

Incorrecto

1. Hablar demasiado tiempo. Cada situación requiere que utilicemos las palabras en diferentes lapsos de tiempo. Es relativamente fácil saber cuánto debernos hablar en cada circunstancia, esto se puede lograr si se presta un mínimo de atención a las necesidades de las personas con quien tenemos que hablar. El uso adecuado de su tiempo será —seguramente— una de esas necesidades; si valoramos
el tiempo de los demás, sabremos hasta qué punto podemos disponer de él.

2. Hablar por hablar. Monopolizar la palabra en ciertas situaciones, hacer comentarios o exposiciones irrelevantes, hará que los demás piensen que hablamos por hablar, lo cual en el fondo (si ese es el caso) sería verdad. Recuérdese, además, que una vez que se ha dicho algo no hay forma de detener el mensaje.

3. Emplear un lenguaje excesivamente intenso. Si a alguna cuestión la señalamos como "terriblemente importante" o "verdaderamente dramática", o nos referimos a las cosas como "maravillosas" o "magníficas", empleamos un lenguaje intenso. Abusar de estas expresiones —que pretenden subrayar alguna parte del discurso—
producirá resultados opuestos a los deseados: al percatarse de que prácticamente todo lo calificamos intensamente, quien nos escucha(n) dejaran de diferenciar lo realmente importante para nosotros- Es decir, no prestará(n) especial atención a lo que deseamos subrayar.

4. Demostrar inflexibilidad al hablar. Señalar un hecho, apoyándonos en evidencia, resulta útil al hablar. -Pero tratar de imponer nuestra visión del mundo es contraproducente. un exceso de rigidez nos resta credibilidad como fuentes.

5. Menospreciar o sobrevalorar a la audiencia, por el contrario, debemos (mediante un análisis cuidadoso) conocerlo a fondo y darle la importancia que realmente tiene, sin dejar Que en ello interfieran el "pánico escénico" o nuestra diferencia Jerárquica respecto de la audiencia, y otros factores de índole similar.



La Comunicación en las Organizaciones
Carlos Fernández Collado

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